una velada en casa del doctor fausto
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UNA VELADA EN CASA DEL DOCTOR FAUSTO.
Hermann Hesse 1929
El doctor Johann Faustus se encontraba en el comedor, acompañado de su amigo el doctor Eisenbart (bisabuelo del que será famoso médico). Había terminado la opípara cena; el vino añejo del Rin exhalaba su aroma en las pesadas y doradas copas. Acababan de ausentarse los dos músicos que habían tocado durante la cena: un flautista y un tañedor de laúd.
- Ahora te voy a ofrecer el experimento prometido -dijo el doctor Fausto, y se echó un trago del añejo vino, exhibiendo su cuello un tanto obeso. Ya no era un jovencito, y faltaban dos o tres para su terrible desenlace.
- Ya te dije que mi fámulo construye a veces unos increíbles aparatos con los que cabe ver y oír lo que se encuentra lejos de nosotros o pertenece al pasado, o incluso al futuro. Hoy vamos a experimentar con el futuro. ¿Sabes que el chico ha inventado algo muy divertido y curioso? Después de habernos mostrado tantas veces en espejos mágicos a los héroes y a las beldades del pasado, ahora ha construido un chisme para los oídos, un pabellón o portavoz que nos hace oír los sonidos que se producirán en un futuro lejano en el lugar donde se instala el aparato acústico.
- ¿No te estará embaucando tu duende o genio doméstico, querido amigo?
- No lo creo -contestó Fausto-. Para la magia negra el futuro no es en modo alguno inaccesible. Tú sabes que siempre hemos partido del supuesto de que los acaecimientos de la tierra están sometidos, sin excepción, a la ley de causa y efecto. Por tanto, cambiar el futuro es tan imposible como cambiar el pasado: también el futuro depende del principio de causalidad y, en consecuencia, el futuro existe ya, sólo que nosotros no lo vemos ni lo sentimos aún. Del mismo modo que el matemático y el astrónomo pueden calcular con exactitud el momento de un eclipse de sol, podríamos hacer visible y audible, si hubiéramos inventado un método para ello, cualquier otra porción del futuro. Mefistófeles ha inventado una especie de varita mágica para el oído, ha fabricado una trampa para capturar los sonidos que van a producirse aquí, en este espacio, dentro de algunos cientos de años. Hemos hecho repetidos experimentos. A veces no se oía nada, luego nos sentíamos proyectados a un vacío en la dimensión del futuro, a un punto temporal en el que nada podíamos percibir. Otras veces hemos oído de todo; por ejemplo, en cierta ocasión escuchamos a algunos personas, que vivían en un remoto futuro, hablar sobre un poema que cantará las hazañas del doctor Fausto, es decir, de mí. Pero basta, vamos a hacer la prueba. A su llamada acudió el genio doméstico, disfrazado del habitual y lúgubre hábito monacal; colocó sobre la mesa una maquinita provista de un pabellón e indicó a los señores, muy encarecidamente, que debían abstenerse durante la prueba de hacer cualquier observación. Luego accionó algún resorte en la máquina, que empezó a trabajar con un suave zumbido. Durante largo rato sólo se dejó oír este zumbido inquietante, que ambos doctores escuchaban con gran tensión. Súbitamente se produjo un sonido extraño, una especie de aullido atroz, salvaje y diabólico, que lo mismo podía provenir de un dragón que de un demonio furioso. El terrible sonido era un grito impaciente, amenazador, colérico, imperativo, que se repetía en breves y violentas ráfagas, como si un dragón pasara silbando por el espacio. El doctor Eisenbart estaba pálido, y dejó escapar un suspiro de alivio cuando el espantoso grito, varias veces reiterado a distancias cada vez mayores, se perdió en la lejanía. Siguió un momento de silencio, pero a continuación se escuchó otro sonido: una voz humana, como proveniente de una gran lejanía, en un tono de insistente sermoneo. Los oyentes pudieron comprender fragmentos del discurso y anotarlos en las pizarras que tenían a mano, por ejemplo las frases:
- ...y así, siguiendo el brillante modelo de América, el ideal de la empresa económica camina incesantemente hacia su triunfal cumplimiento y realización... Mientras, por un lado, el confort en la vida del trabajador nunca ha alcanzado una altura apreciable... y podemos afirmar sin exageración que los sueños pueriles de edades pretéritas sobre el logro de un paraíso a través de la actual técnica de producción, más que... Nuevo silencio. Luego sonó otra voz, voz profunda, grave, que habló así:
- Señores, pido escuchen un poema, una creación del gran Nikolaus Unterschwang, del cual cabe decir que ha revelado como ningún otro la esencia de nuestro tiempo y penetrado más profundamente que nadie en el sentido y no-sentido de nuestra existencia.Con la mano sostiene la chimenea,
Flotadores porta en ambas mejillas,
Y al ritmo de la presión brométrica
Escalas remonta sin peldaños.
Dilatadas escalas va subiendo
Con nubes en las entretelas del gabán.
Ansias siente de vida,
Se estremece ante la tuerca de Wankel.El doctor Fausto llegó a transcribir la mayor parte de este poema. También Eisenbart lo anotó cuidadosamente.
Se percibió una voz indolente, sin duda voz de una señora o una joven, que decía:
- ¡Qué programa más aburrido! ¡Como si para esto se hubiera inventado la radio! Bueno, al menos ahora viene música.
En efecto, sonó la música, una música salvaje, cachonda, muy pegajosa, ora lánguida ora estridente, una música absolutamente desconocida, exótica, indecente, atroz, de instrumentos de viento estentóreos y chillones, mezclados con pimporrazos de gong, acompañados a veces de la voz de un cantor ululante, que profería frases o versos en lengua desconocida.
Y a intervalos regulares se oía el misterioso estribillo:Siempre con Gögö cuidado,
Admiración tu cabellos ha provocado.También irrumpía de cuando en cuando aquel sonido atroz, furioso, amenazante, aquel alarido de dragón, que expresaba tortura y cólera.
Cuando el genio doméstico, sonriente, hizo enmudecer su máquina, los dos sabios se miraron extrañamente, con una penosa sensación de perplejidad y vergüenza, cual si hubieran sido testigos involuntarios de un hecho indecoroso y prohibido. Ambos se intercambiaron los apuntes.
- ¿Qué piensas de todo esto? -preguntó finalmente Fausto.
El doctor Eisendart bebió un buen trago de su copa, miró al suelo y quedó largo rato silencioso y pensativo. Por fin dijo, más para sus adentros que para el amigo:
- Es terrible. No cabe duda de que la humanidad, cuya vida hemos auscultado en esta pequeña muestra, está trastornada. Son nuestros descendientes, los hijos de nuestros hijos, los bisnietos de nuestros bisnietos los que profieren cosas tan peligrosas, tristes y confusas, los que emiten gritos tan horrorosos, los que cantan versos idiotas e ininteligibles. Nuestra descendencia, amigo Fausto, acabará en la locura.
- Yo no lo aseguraría tan tajantemente -opinó Fausto-. Tu pronóstico no tiene nada de inverosímil, pero es más pesimista de lo necesario. Si aquí o en un lugar concreto de la tierra se escuchan tales sonidos salvajes, desesperados, indecentes y sin duda demenciales, eso no quiere decir que toda la humanidad se haya vuelto loca. Pudiera ser que en el sitio en donde nos hallamos esté emplazado, dentro de cien años, un manicomio y que hayamos escuchado fragmentos de sus voces y gritos. También es posible que un grupo de borrachos haya dejado oír lo mejor de su repertorio. Piense en los alaridos de una masa regocijada, por ejemplo durante de la fiesta de carnaval. Esto es algo parecido. Pero lo que me pone en guardia son esos sonidos, esos gritos que no son producidos ni por voces humanas ni por instrumentos músicos. Suenan a algo realmente diabólico, ésa es mi impresión. Sólo los demonios pueden producir tales sonidos. Se volvió a Mefistófeles:
- ¿Sabes tú algo de esto? ¿Puedes decirnos que clase de sonidos son los que hemos escuchado?
- Efectivamente -dijo el genio doméstico, sonriendo-, hemos escuchado sonidos diabólicos. La tierra, señores, que ya actualmente es en una mitad propiedad del diablo, dentro de cierto tiempo le pertenecerá por entero y constituirá una parte, una provincia del Infierno. Usted se ha expresado con cierta dureza y repulsión sobre el concierto de sonidos y palabras de este infierno terrestre. Pero a mí me parece interesante y hermoso que incluso en el infierno exista la música y la poesía. Este departamento pertenece a Belial. Yo encuentro que cumple de maravilla con su cometido.




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