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Fresas con Nata
Son casi las once de la noche. Falta poco para la hora de las brujas. Que es cuando las brujas salen y tienen poder para hacer sus hechizos. Esta idea la leí de pequeño y me encantaba, y tenía montón de curiosidad por saber que ocurría a la hora de las brujas. Siempre que podía intentaba quedarme despierto. Me ponía a ver la tele hasta que se hiciera tarde, pero siempre que llegaba la hora mi padre me apagaba la tele y me decía, anda, a la cama, que no puedes estar despierto tan tarde. Y yo le decía, por qué papa, porque es la hora de las brujas, y me respondía, no, porque empieza la porno de canal plus y no tengo ganas de estar explicándote cosas.
Asi que se me quedó el misterio de la hora de las brujas, tambien se me quedó el misterio del canal plus, que tampoco lo entendía muy bien. Pero había otro misterio en mi familia que si que me tenía muy intrigado. Era el misterio de la nevera de mi tía lucía.
Yo iba mucho a casa de mi tía lucía porque mi madre cada vez que se cansaba de mi me mandaba para alla, y claro, yo tenía una confianza que te cagas en casa de mi tía. Iba allí a jugar con mis primos que son los hijos de mi tia, que por eso son mis primos, y yo soy primo de ellos porque soy sobrino de mi tia, y mi tia es la madre de mis primos pero bueno eso son asuntos familiares que no voy a contar ahora.
La cosa es que en la nevera de mi tía lucía tenía un misterio. Era una nevera de esas grandes, con varios estantes. Y mi tía había dividido los estantes por edades. En los estantes de abajo, que era donde los niños podíamos llegar pues había puesto los yogures, la fruta, el chocolate. Y a medida que ibas ascendiendo los estantes contenían cosas mas para adultos, las cervezas, el vino, las banderillas picantes. Pero lo extraño era que en el ultimo estante, detrás de un monton de cervezas había un bote de nata. Y yo no entendía por qué el bote de nata estaba ahí arriba, si se supone que la nata es algo que podemos coger los niños. Y yo venga a comerme la bola pensando en el bote de nata.
Un día que no había nadie en la cocina. Me subí en una silla y abrí la nevera. Alcancé el ultimo estante y cogí el bote de nata. Era un bote de nata normal, con una etiqueta que decía. Nata, agítese antes de usar. Y debajo había otra etiqueta que tenía algo escrito con la letra de mi tía que ponía: bote de nata privado, no tocar, malo, caca, tu tampoco lo toques Arturo, eso ultimo iba por mi. Imaginate la confianza que yo tenía en casa de mi tía lucía que mi nombre salía en los productos refrigerados
En ese momento entra mi tía en la cocina y me ve con el bote de nata encima de la silla. Y pega un grito. Yo que me asusto me caigo para un lado y el bote de nata sale despedido para el otro lado. y esta parte la voy a hacer en cámara lenta. Yo me voy cayendo para la izquierda. El bote de nata para la derecha. Mi tía mirando, no sabe para que lado tirar, el niño, el bote de nata, bueno, los niños son de goma, va para el otro lado, agarra el bote de nata y mi cara golpea contra el piso.
Yo desde el suelo me quedo mirando a mi tia, que sostiene el bote de nata y sonríe, con una sonrisa nostálgica. Yo también sonrio pero porque con la ostia que me di no podia cerrar la boca. Y yo le dije, tia, por qué tienes un bote de nata en la nevera arriba para que no lo podamos coger. Mi tía sonrió y me dijo, si tanto te interesa, cuando seas mayor te los cuento.
Y pasaron los años. Y llegó mi cumpleaños de los 18 y mi tía me dijo, Arturo, que quieres que te compre para tu cumpleaños. No quiero que me compres nada. Quiero saber el secreto del bote de nata. Mi tía sonrió con nostalgia. Dejate de sonrisitas y dimelo ya que lleva el bote en la nevera un monton de años caducado.
Y entonces mi tía me contó una historia. Una historia de pasion y erotismo que empieza con una tele y un hombre llamado santiago. Que es la que les voy a contar ahora.
Santiago estaba viendo la tele. Estaban poniendo uno de esos anuncios en que se ve a alguien comiendo un plato de fresas con nata. Un plato bien hermoso, con la nata fría y cremosa y las fresas rojas y brillantes, con las gotitas de humedad cayendo por los lados. Y claro, al ver eso le entraron unas ganas que te cagas de comerse un plato de fresas con nata. Primero pensó que podría ser un antojo como los que tienen las mujeres embarazadas. Pero santiago se acordó de que no era una mujer, y por suerte tampoco estaba embarazada y se quedó mas tranquilo. Y se fue al supermercado a comprarse una bolsa de fresas y un bote de nata. El su-permercado era enorme. Con sus grandes pasillos y sus empleados que nunca saben donde están las cosas. Pero después de mucho buscar llegó al puesto de fruta y allí encontró una bolsa bien grande de fresas, de esas rojas y brillantes, con las gotitas de humedad cayendo por los lados. Y tuvo suerte, porque justo enfrente del puesto de fruta estaba el estante del bote de nata. Sólo quedaba uno, pero no importaba, porque era un bote enorme, de esos tamaño familiar, pero para familias unmerosas de tres hijos, abuela, cuñado, perro y dos gatos por lo menos.
Santiago tomó el bote de nata y se fue a la caja a pagar. Pero no pudo hacerlo, porque el bote de nata no se movió del sitio. Santiago tiró del bote un poco más fuerte y un poco más fuerte el bote se quedó en el sitio. Volvió a tirar y volvió el bote a estar en el mismo sitio. Santiago ya estaba empezando a mosquearse porque no le suele gustar que los botes de nata le desobedezcan. (Esta parte interpretarla) Giró la cabeza para lanzar una mirada intimidatorio y observó que sobre su mano había otra mano (santiago ahí mira la mano que no tiene en el bote), ¡que no era la suya! Y empezó a seguir con la mirada aquella mano para ver si encontraba a su dueño. Es que santiago era muy listo. Y siguiendo la mano encontró un brazo, finito, como de mujer. Y tras el brazo, un hombro, finito, como de mujer. Después del hombro había un cuello, finito, como de mujer. Y sobre el cuello una cabeza. Y menos mal que había una cabeza porque si no entonces el cuento acojona bastante. Era una cabeza, finita, como de mujer. Con una cara de mujer muy enfadada con una expresión de ese bote de nata es mío y no lo pienso soltar. Y en la otra mano también llevaba una bolsa de fresas, de esas rojas y brillantes, con las gotitas de hu-medad cayendo por los lados.
Pero santiago no se dejó intimidar. Era su bote de nata y tiró bien fuerte para su lado. Y Lucía, que así se llamaba ella. Tiraba bien fuerte para el suyo. Y santiago para un lado. Lucía para el suyo. Pero no tiraban en lados totalmente opuestos, sino que dejaban un pequeño ángulo entre los dos. Y según la segunda ley de Newton: Cuando dos cuerpos ejercen fuerzas en direcciones diferentes. (Esta es la parte pedagógica del cuento) La fuerza resultante será la suma de las direcciones de ambas fuerzas. O sea, que la fuerza no va ni para un lado ni pal otro, sino pal medio. Y los dos empezaron a caminar en esa dirección, por todo el pasillo del su-permercado. Sin mirar para adelante, sólo mirándose entre ellos muy enfadados. Les daba igual lo que hubiera delante. Se cruzó en su camino un empleado del su-permercado de esos que no saben donde están las cosas. Y fue golpeado brus-camente por el bote de nata. Pero ellos siguieron. Llegaron a la caja. Cada uno pagó su bolsa de fresas, la nata la pagaron entre los dos, porque aun no tenían muy claro de quién era. Salieron del supermercado, atravesaron una calle. Los coches frena-ban bruscamente y les tocaban las bocinas. Pero ellos seguían, avanzando en la dirección del bote de nata. Golpeando lo que encontraran por delante. A una mujer que iba en bicicleta. A un policía que estaba dirigiendo el tráfico con la mano le-vantada, y se quedó en el suelo en la misma posición. A un hombre que leía el periódico, también le pasaron por encima. Una viejecita paseaba por la calle con sus perritos, no pudo apartarse a tiempo. ¡Y pasaron por encima de la viejecita!, ¡Y pasaron por encima de los perritos! Y ellos seguían caminando. Sin piedad, arrollando cosas y personas. Según el periódico, aquella tarde hubo más de catorce víctimas por contusión de bote de nata.
Santiago y Lucía llegaron a un edificio. Entraron por la puerta, subieron por las escaleras. Atravesaron el pasillo. La puerta del final estaba cerrada pero la hicieron trizas con el impulso que llevaban. La familia que ahí vivía huyó despavorida. Y Santiago y Lucía llegaron al final de la habitación. Y ya no podían seguir cami-nando más en la dirección de la fuerza resultante. Pero los dos aun querían poseer el bote de nata. Y empezaron a tirar cada uno para su lado, esta vez con más fuerza. Santiago para un lado, Lucía para el otro, tirando, tirando. Y de tanto tirar el bote de nata se rompió, las bolsas de fresas estallaron y la habitación se llenó de fresas y de nata por todas partes, Y claro. Santiago y Lucía también se llenaron de fresas y de nata por todas partes. En la cara, en el pelo, en la ropa, debajo de la ropa.
Y como la nata y la fresa están caras, pues no se podía desaprovechar. Y con el dedo se iban comiendo la nata que veían. Nata en el brazo, a la boca, nata en la pierna, a la boca. Cada uno la nata de su cuerpo. Que aún no hemos llegado a esa parte.
Cuando se les acabó la nata de sus cuerpos, miraron las paredes y el techo a ver si había más. Pero les daba un poco de vergüenza la verdad. Y santiago, observó que sobre Lucía aun quedaba un poco de nata. Sobre su pecho izquierdo, en la punta, que con el frío de la nata se había puesto más durito y así, de punta, con la nata encima y un poco de fresa parecía un postrecito de Danone. Santiago no pudo resistirse y pasó el dedo, cogió la nata y se la llevó a la boca. Pero Lucía al darse cuenta de que le estaban quitando la nata de su teta se enfadó. Agarró el dedo de Santiago antes de que se lo metiera en la boca y se lo llevó a la suya y se puso a chupar la nata. Santiago intentó sacar el dedo pero no había forma. Tiró con fuerza pero nada. La succión de Lucía era muy potente. Y santiago quería recuperar su dedo, que era suyo y le tenía cariño, pero se había formado el vacío. Y se le ocurrió que quizá si metía el otro dedo y estiraba el cachete, entraba aire y podría sacarlo. Así que metió el dedo, pero Lucía chupó con más fuerza y se le quedaron los dos dedos atrapados.
Y bueno, pasó un rato y Lucía seguía comiendo nata. Y santiago con sus dedos atrapados, que ya se le estaban poniendo morados. Ya empezó a aburrirse, y se puso a buscar más nata para hacer algo. Y mirando para abajo, vio que Lucía lleva-ba esas camisetas que dejan ver el ombliguito, y ahí tenía un poquito de nata. Santiago bajó la cabeza como pudo se comió la nata del ombligo. Y había un cami-nito de nata que seguía para arriba. Y fíjate, que si metías la nariz por la camiseta de Lucía podías meter toda la cabeza y comerte toda la nata para arriba. Y se la comió y llegó a esa zona tan linda que tienen las mujeres entre los pechos. Y ya que estaba ahí se comió la nata del pecho derecho. Y bueno, ya que estaba ahí, pues también se comió la nata del pecho izquierdo. Con este se entretuvo más tiempo porque santiago siempre ha sido de izquierdas, y lo fue chupando, que estaba muy rico, porque nata con teta es una mezcla muy buena. Y a todo esto, a Lucía le ocu-rre que cuando le chupan un pecho con fuerza le tiemblan las piernas (que si, que es así). Y al temblarle las piernas se fue yendo para el piso, y Santiago que aún estaba debajo de la camisa pues se fue al piso con ella. Pero el seguía muy entretenido. Y a Lucía, ya además de las piernas le temblaba todo el cuerpo. Le temblaron hasta los músculos de la boca con los que chupaba los dedos de santiago. Lucía abrió la boca y santiago por fin pudo liberar sus dedos.
Pero santiago ni se dio cuenta de que sus dedos estaban libres. Porque tenía un problema gordo. Debajo de la camiseta de Lucía, entre tanta nata, tanta fresa y tantas tetas, el oxigeno se estaba agotando, y el pobre no podía respirar y estaba buscando desesperadamente una salida. Pero ya no se acordaba de cómo había entrado, y movía la cabeza (mover la mano debajo de mi camisa), buscando algo para salir, una cremallera, un botón, una escalera de emergencia. Y al moverse, con la fuerza, los botones de la camisa de Lucía fueron rompiéndose, y la tela se rasgó y la camisa se rompió y pudieron salir todas las fresas y la nata y santiago por fin pudo respirar.
Ahora estaban los dos ahí mirándose, los dos respirando excitados. Y se miraron por primera vez, y oye, Lucía pensó que santiago con nata mejoraba bastante. Y santiago pensó lo mismo. Y todavía más porque Lucía estaba con la camisa rota y los pechos desnudos todos cubiertos de fresas con nata.
Y entre los dos les fue subiendo ese calorcito que nos viene cuando estamos con alguien que nos gusta mucho. Y Lucía se terminó de romper la camisa. Y santiago se quito también la suya. Y Lucía se quitó los pantalones. Y santiago se quitó los suyos. Y Lucía se quitó las bragas. Y santiago los suyos (es que el niño era muy competitivo). Y se quedaron mirando. Esperando a que el otro hiciera algo. Pero ninguno de los dos se atrevía a empezar. Y es que nadie los había presentado y daba un poco de vergüenza.
Entonces Lucía tuvo una idea. Mira, tú te vendas los ojos y te pones las manos en la espalda. Y yo me tumbo en el suelo y me lleno de fresas por todo el cuerpo. Tú las vas buscando y cuando encuentres una, te la comes. Y si me gusta como te la comes, te cuento algo de mí.
Y santiago dijo: vale, vale, vale, vale.
Santiago se vendó los ojos, se puso las manos en la espalda. Lucía se tumbó en el suelo y se llenó de fresas por todas partes. Santiago se agachó, y con la naricita, fue recorriendo todo el cuerpo desnudo de Lucía. La primera fresa la encontró en una pierna. Pero a Lucía no le gustó mucho como se la comió y solo dijo: me llamo Lucía. La siguiente fue en un hombro y ya Lucía dijo algo más: tengo 25 años y soy sagitario. Santiago pasó por los pechos de Lucía. Los saludó porque los conocía de antes. Y ya ahí Lucía dijo. Trabajo en un supermercado, por las noches voy a clase de ingles, tengo una tortuga. Santiago fue bajando, hasta el monte de Venus. Vivo en el centro, con dos amigas, una estudia enfermería, la otra dibujo, y es una casa muy bonita. Santiago llegó al sexo de Lucía. Me gusta ir al cine, ir al teatro, la música clásica, la coca cola, darle de comer a las palomas, porque nadie les da de comer, pobrecitas, y yo voy al parque todas las semanas, y voy con una amiga, cuando puede porque la pobre no para de trabajar, y su jefe, que es un pesado, que siempre quiere que le lleve café, pero nos estamos preparando unas oposiciones para jardín de infancia, porque me encantan las plantas, y los animales, y la coca cola, aunque eso ya lo dije antes pero da igual, tu sigue haciendo eso que haces que esta de puta madre.
Ahora le tocaba el turno a santiago. Lucía se vendó los ojos. Se puso las manos en la espalda. Y empezó a recorrer el cuerpo de santiago. Pasó por una pierna, pero no encontró ninguna fresa. La otra pierna, y nada. Bueno, pues pasó por un brazo. Y que no hay fresas, por el otro brazo, por el pecho. Ostia!!, Lucía se quitó la venda. Donde coño están las fresas??. Y vio a santiago, que estaba muy sonriente, con todas las fresas entre las piernas y una encima del pene haciendo equilibrio.
Lucía ya no estaba para bromas, que estaba muy cachonda. Se puso encima de Santiago, agarró el bote de nata, lo agitó con fuerza, porque en la etiqueta dice que hay que agitar antes de usar. Y llenó a santiago de arriba debajo de nata. Luego abrió las piernas, cogió el pene de santiago y se lo metió tan adentro como su capacidad vaginal le permitía. Y empezó a moverse sobre él. Primero arriba y abajo, luego adelante y atrás, y luego haciendo círculos. Lo que se le ocurría. Y santiago también colaboraba como podía. Moviendo el culo arriba y abajo. El cuello palante patrás. Y cuando los cuerpos chocaban la nata y la fresa que había en medio se iba aplastando y se formaba una mezcla blanquiroja que iba impregnando sus cuerpos desnudos. Pero ellos seguían, les daba igual, si los mirabas de lejos solo veías a un montón de nata con fresas que se estaba follando a otro montón de nata con fresas. Y santiago que la apretaba con mas fuerza, y Lucía que le clavaba los dedos en la espalda. Y el decía sigue, sigue, y ella contestaba, y tu también, y tu también. Y con tanto movimiento, tanto sudor, tanta nata, tanta fresa, el calor y la excitación fue aumentando más y más hasta que los dos, Santiago y Lucía tuvieron juntos un orgasmo enorme y maravilloso. Que es difícil pero a veces pasa.
Tras el orgasmo, los dos se quedaron tumbados en el suelo, cansados, exhaustos. Sobre ellos, la nata que se había quedado pegada en el techo comenzaba a despegarse, e iba cayendo suavemente, como copos de nieve sobre Santiago y Lucía, que se miraban sonrientes, aun desnudos, aun cubiertos de nata, fría y cremosa, y de fresas, de esas rojas y brillantes, con las gotitas de humedad que caen por los lados.
FIN
Arturo Abad
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Muy divertido, con su toque erótico incluido. Muy bien contado
Un saludo
Jajaja, ¡voy a tener que ir al supermercado más a menudo!
Buen diaaaaaaaaaaaaaaaaaaa¡¡