Nuestros vecinos tenían un gato. Grande y de pelo negro. Cuando el animal me veía salir de casa le gustaba acercarse a mi para frotarse contra mis piernas mientras hacia, ron, ron, ron. A mi madre nunca le gustaron los gatos por eso me tenía totalmente prohibido que llevase el gato a casa.
Pero cuando ella estaba lejos llamaba al gato y el se deslizaba con sus elegantes movimientos y livianas pisadas hasta la cocina. Saltaba sobre la piedra junto a la ventana y ronroneaba. Sabia que le daría un poco de leche.
Saltaba mi corazón feliz dentro de mi pecho lleno de gozo. Como si el viento me sacara en brazos a través de la ventana volando por el espacio más allá del reino de mi madre y de su casa al encuentro de una nueva estrella.
En la piedra de la ventana dejaba un platito con unas gotas de leche. Mi madre vigilaba siempre la leche se habría dado cuenta enseguida. Seguro que hubiese recibido una buena reprimenda, no por la leche no. Porque muchas madres igual que la mía no perdonan nunca tus secretos.
carmen maria camacho adarve.




Buen dia amiga de los felinos¡
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